lunes, 29 de agosto de 2011

¿Entrando a un coto de caza?

Era una noche fría, las gotas de lluvia se estampaban contra las aceras, resbalándose posteriormente y acariciándolas suavemente, mientras nuestros vertiginosos pasos alarmaban su melodiosa sintonía al pasar. Mirábamos el reloj, y las agujas marcaban las tres menos cuarto de la madrugada, una hora prudente para entrar en una discoteca de ambiente, aquel lugar donde las personas heterosexuales y homosexuales, estas últimas en un mayor número, como es lógico, se reunían con la finalidad de echar unas risas con las amistades, de olvidar sus penas con la bebida, de bailar hasta que el sol llamara a la puerta, de coquetear, de ligar, de probar los sinuosos labios o apetecibles cuerpos de algún o algunos de los individuos que acudían a aquel entorno, o bien, de acabar con alguien, al final de la noche, con el objeto de disfrutar de un lujurioso momento de sexo.
Tras haber caminado por las calles granadinas, y después de haber intentado evitar que las gotas de lluvia penetraran por nuestras vestiduras, protegiéndonos con nuestros paraguas, o con meras chaquetas o sudaderas, habíamos llegado al lugar esperado. Las puertas estaban completamente abiertas, de par en par, prometiéndonos diversión, esperando nuestra entrada, incitándonos a entrar, simplemente nos invitaban a pasar. Debajo de su arco, al parecer de metal, se hallaban dos hombres, los “guardianes de la tranquilidad”, los denominados porteros, cuya cara no podía ser calificada, de ningún modo, como amigable, al menos en ese momento. También podíamos contemplar desde la calle, cuyo silencio se rompía por el continuo llover,  la existencia de una fila de personas, de distinta edad, jóvenes y “maduritos”, de las cuales unas reían y otras observaban a su alrededor, cubiertas de paraguas, de distintos colores, que se introducían pormenorizadamente por la entrada de aquel lugar.
Mientras esperábamos detrás del tren caminante de personas, podíamos examinar a aquellos que estaban entrando al entorno de los colores. Algunas personas de la susodicha fila, llevaban vestiduras comunes, propias de la moda, algunos informales, otros iban lo más arreglados posibles para la gran noche, y algunos, ataviados de colorines desde los pies a la cabeza, sin pasar, como no, desapercibidos, algo que a la mayoría de ellos les encantaba. De dicho examen se denotaban con claridad las personas que por primera vez acudían a este tipo de lugar,  cuya miraba delataba su carácter de noveles, incluso la simple soledad, al no acudir acompañados, y porque no decirlo, esos miedos, que en ocasiones se pueden ver desde el exterior, que nos permitían ver sus pensamientos (“que hago aquí, espero que nadie me conozca”), pensamientos que en ocasiones nunca desaparecen, persisten en el tiempo. Un pensamiento lógico y respetable, puesto que la mayoría hemos vivido esa primera vez. Otros en cambio, parecían peces dentro de un pequeño charco donde siempre habían nadado, estaban tranquilos, se reían, conocían a más personas del entorno, y simplemente disfrutaban, por el mero hecho de estar en un lugar que para ellos resultaba ser lo más confortable posible, como si se tratara de su hogar.
De repente, y de forma continuada, las personas que habían delante de nosotros comenzaban a desvanecerse por unas escaleras, hacia abajo, al submundo, ¿Qué les iba a esperar aquella noche?, ¿Y a nosotros?, siempre sabes que entras, pero nunca sabes cómo será el transcurro en ese entorno de oscuridad, iluminado por fugaces luces de colores. Dicen que nos da miedo la oscuridad, pero en este submundo, parece ser que la gente prefiere la ausencia de luminosidad en relación a  la tenue oscuridad, ¿Por qué será?, ¿necesitamos desenvolvernos en las sombras por algún motivo?.
Tras haber descendido por las escaleras, entramos expectantes a la sala de la discoteca. Distintas personas se hallaban en aquel lugar, algunos en la barra tomando un par de copas, acariciando su fina capa de cristal, otros bailando descontroladamente, o moviéndose lo mejor que podían, en la pista de baile, mientras sonaba una famosa canción de Alaska; unos pocos compartían en un rincón sus labios y su cuerpo con sus parejas o un simple rollo de los muchos que tenía cada fin de semana. Y luego estaban ellos, “los cazadores”, aquellos individuos que esperaban a su presa observando en la entrada de la discoteca, con una mirada felina, intentando ver hacia que presa se abalanzarían, ¿cuál de ellas cumpliría sus expectativas?. Cuando nos miran algunos de ellos nos sentimos como si fuéramos un trozo de comida, una simple y enorme pieza de carne, ¡qué asco!, ¡soy algo más que eso!, pensamos indignados. A otros les encanta ser mirados de esa forma, atraer, obsesionar la mentalidad de otros, puede que sentirse como un trozo de carne, cubierto de una rica salsa, no sea tan inadecuado de vez en cuando, ¿no?.



Algunos de los cazadores eran discretos, se sabían camuflar perfectamente, sin llamar la atención, como un león en la sabana, acechando a su presa, sin que su víctima pudiera percatarse del peligro, así como de la posibilidad de que alguien le hincara sus dientes, sedientos, como no, de sensualidad, ¿o mejor dicho de sexualidad?. A otros no les importaban camuflarse, te mostraban su intención de cazarte directamente, fijando su mirada penetrante en tus ojos, en tu cuerpo, esperando tus movimientos como presa, necesitando que delatases la intención de dejarte atrapar por sus garras, por tus gestos, por tus ojos, para aproximarse cada vez más hacia ti, o se aproximaban tan rápidamente que daban miedo, ¡apartate!.
A veces los cazadores no se fijan en ti, percatándote de que la caza no te incumbe, siendo ajeno a la misma, aunque en ocasiones desearías ser cazado. En otros momentos, siendo presa intuyes las ganas que tienen de atraparte, el cazador que va detrás de ti, pero intentas esquivar la mirada, porque caer en sus brazos sería un horror, y un gran error para recordar el resto de tu vida, ¡me lio con eso y me muero!, ¡que pare de mirarme!. Lo triste, es que algunos, teniendo esos pensamientos, se dejan atrapar, ¡ten un poquito de dignidad si no te gusta!. Pero a veces eres presa y deseas ser cazado, y por supuesto, deseas al cazador. La mirada del cazador te inactiva, tus ojos le responden, el cazador se siente satisfecho, te gusta, te sientes atraído, y no sabes que hacer, ¿te acercas o esperas a que se acerque?. Da igual, al final os dejáis llevar, intercambias una par de palabras, y ¡zas!, la presa y el cazador se entrelazan, se comienzan a besar efusivamente, la temperatura aumenta, las agujas del reloj se paran, te encantan sus besos, y ¡no puedes parar!. Durante esos momentos no piensas, te dejas llevar por tus manos, sus manos, sus labios, tus labios.. Otras veces, cuando te besas, su olor bucal, da lugar a la necesidad de decir “voy al servicio, ahora vuelvo”, y no volver aparecer mas…
Luego, sin esperarlo ni desearlo, el momento de efusividad se rompe, se acabó la noche, la oscuridad se desvanece, las luces cobran protagonismo en la discoteca, las personas abandonan el lugar estrepitosamente, ¿acaso la luz les asusta?. Algunas almas perdidas vagan sin rumbo, sin saber dónde están, ni a donde van. Tus amigos te esperan fuera, tú sigues junto a tu presa o junto a tu cazador, sin saber que decir, comenzando a brotar fluidamente distintos pensamientos en tu cabeza: ¿le pido el móvil?, ¿me dará un móvil falso?, ¿querrá quedar algún día conmigo?, ¿le he gustado?, ¿le invito a “dormir” a mi casa?, ¿le pido desayunar juntos?, ¿solo busca un rollo de noche o algo más?, ¿me despido con un beso en los labios?, ¿me busco a otro para este noche?, ¿Cómo le digo que se vaya ya?, etc.
Tras esas preguntas, esos pensamientos, se suceden diversas situaciones, a veces conseguimos apuntar el verdadero teléfono y volvemos a quedar, ¡y pensábamos que no era posible!, o bien el cazador evita cogernos el teléfono…., como casi siempre. Otras veces, sin saber cómo, acabas en su casa o en tu casa, viviendo una normal, excelente, o porque no decirlo, pésima noche de sexo, quedando en la incógnita si se repetirá el encuentro. Algunos, en cambio, dan por finalizada la situación de caza, se despiden y escogen caminos separados, pensando mientras caminan quien será la presa de la siguiente noche o puntuando del uno al diez al tío con sus amigos, pero no olvidéis que el cazador también se convierte en presa. Algunos solo han probado estas experiencias pocas veces, otros las reviven cada fin de semana, otros nunca las han vivido, y algunos diréis que mejor no vivirlas, mientras a otros os indigna que en este mundo puedan existir personas que no las hayan vivido, ¡son inolvidables!.
Yo observaba tales situaciones de pie, sobre la acera mojada, mientras los rayos del amanecer reflejaban, sobre las múltiples calles y avenidas, las siluetas de los antiguos edificios de Granada. Durante el abandono de las calles por las personas, atraídas por la serenidad de sus camas, pensaba y consideraba que tales circunstancias las hemos vivido cierto número de personas en menor o mayor parte, pero también existen situaciones muy escasas en las que otros hemos tenido la suerte de haber abandonado el entorno de los colores con alguien especial. A pesar de la realidad existente en el mundo homosexual, que no voy a calificar de procedente, buena o inadecuada, ni de anormal, porque el mundo heterosexual es igual, digan lo que digan, espero que aquellas personas a las que la gente denomina “ilusos”, puedan disfrutar alguna vez de la oportunidad de salir del entorno de los colores cogido de la mano con alguna persona, con esa maravillosa sensación de haber encontrado alguien para ti, alguien especial, y que posteriormente el devenir del tiempo les brinde la posibilidad de comenzar una relación sentimental.
Por último, un simple consejo: si comienzas alguna vez una relación de novios, disfruta el comienzo, déjate llevar, vívelo, acaricia cada momento, conoce a la otra persona, cuídala, respétala, y sobre todo, impregna, cada cierto tiempo, la relación de los ingredientes que personalmente consideres convenientes para que ese estado de enajenación mental transitoria, que todos llaman “enamoramiento”, pueda perdurar eternamente en el tiempo.
¡Un abrazo y suerte a mis queridos ilusos!, ¡no perdáis la esperanza!, porque a veces, aunque no lo creáis, se cumple….

sábado, 20 de agosto de 2011

¿Volver o no volver?, ¿Cómo responder esa pregunta?.




El COMIENZO, esa maravillosa palabra que las personas asimilamos a algo bello, prodigioso y magnifico al principio de toda relación sentimental. Cuando decimos  “el comienzo” tantos hombres como mujeres solemos decir “puffff, el comienzo es una maravilla, luego…, las cosas cambian”, poniendo caras de desilusión o simplemente de convencidos, como si se tratase de una realidad o verdad completamente inalterable por el ser humano. ¿Y porque cambia ese comienzo?, ¿que hace que ese estado de plenitud emocional y pasional baje o descienda tan rápido, como si se tratara de una simple pelota lanzada por unas escaleras, escalón por escalón, hasta tocar suelo, hasta llegar al fondo?.
Algunos decimos que el enamoramiento se desvanece sin más, otros que conocieron de la otra persona facetas negativas que nunca llegaron a descubrir al comienzo, y, como no, ¡no pudieron soportar!, otras personas que la temible rutina puede con su relación sentimental, otros por una infidelidad, de mayor o menor grado, que no pudieron llegar a olvidar, y algunos, por las mentiras, una de las grandes enemigas de una relación, y otros, por la familia de la pareja, ¡inaguantables!. A partir de ese momento, la relación se rompe, o simplemente se deteriora, y nuestra pareja nos pide otra oportunidad, comenzar de cero, ¡Que fácil parece!, ¿No?. Pero yo me pregunto, ¿Tan difícil resulta darle cuerda al reloj de la relación para que sus manitas vuelvan a andar como al comienzo?, ¿Tan grande es la desilusión, la decepción o la desesperanza que no podemos permitirnos comenzar de cero?.
Al hacernos esas preguntas nos encontramos con una balanza, ese aparato, con esa mecánica tan objetiva, que pensamos que nos va a dar la mejor respuesta a nuestro problema: ¿Avanzar o no avanzar?, ¿Damos una oportunidad a lo vivido?. Empezamos rápidamente a pensar, a recordar, a imaginar, a creer, nuestro cerebro empieza a echar chispas, y finalmente elaboramos la lista, esa lista temida por la persona que desea que regreses a sus brazos. ¿Habrá un mayor número de cosas positivas, o el número de cosas o aspectos negativos derrotarán por mayoría el lado positivo de nuestra relación sentimental?. Entonces, cogemos las cosas positivas y las colocamos en un lado de la balanza, y posteriormente, de forma muy cuidadosa, ponemos, sobre el otro lado de la balanza, las cosas negativas, sin mirar, pensando: ¿Qué lado de la balanza se inclinara hacia abajo?
Cuando nos giramos para ver esa balanza imaginaria, en ocasiones  observamos que el platillo de las cosas negativas pesa demasiado, miramos fijamente, y nos resignamos, ¿Para qué volver, si aparentemente está demasiado claro?. Pero ¿porque nunca nos paramos a pensar que hemos llenado la balanza únicamente de aspectos del pasado, y de que a lo mejor, algo positivo tiene para nosotros un mayor valor que todas las cosas negativas del pasado?. ¿Por qué nos centramos siempre en el pasado, cuando es un tiempo verbal más, como el futuro o el presente?, ¿deberíamos sopesar un posible futuro, sin malentendidos, simplemente puro, o eso no es posible?
Enfocar o llenar la balanza de aspectos del futuro posiblemente sea algo difícil, máxime porque del presente, de ese simple tiempo verbal, podemos coger datos y experiencias lo más objetivos posibles de nuestra relación de pareja, sin basarnos en meras expectativas o promesas propias, o manifestadas por la otra persona. La exclusión del futuro, ¿obedece únicamente a que no nos ofrece datos objetivos, o más bien, a los sentimientos de decepción, desilusión o desesperanza, que padecemos y que no hemos podido curar en tan poco tiempo?.  Este método puede adolecer, pues,  de varias deficiencias: centrarnos en el pasado, y otorgar un mayor peso o valor a las cosas negativas.
Puede ser, entonces, que lo más aconsejable sea no utilizar la balanza y dejarla guardada en un armario o cajón, y tras haber curado nuestras heridas, el daño sufrido, volvamos a cogerla, y en ese momento, una vez saneado nuestro frágil corazón, debamos sacar la lista, con aquellos aspectos del pasado, presente y futuro que veamos imprescindibles para responder a la pregunta: ¿Volver o no volver?. Este último método posiblemente sea el más adecuado, pero en las instrucciones aparece una palabra en mayúsculas: ADVERTENCIA.
¿A qué se refiere esa palabra?, ¿Qué nos quiere indicar?. Cuando respondemos a la pregunta, sobre si queremos volver o no, lo más favorable es sanar todas las heridas, y así, haber curado la decepción, la desilusión o la desesperanza, y, de este modo, conseguir que el resultado de la balanza sea lo más puro y exacto posible. Entonces, ¿a qué se refiere esa advertencia cuando este método nos permite obtener el mejor resultado posible?. Esa palabra nos advierte de varios riesgos que debemos afrontar y sopesar si utilizamos el método explicado: el riesgo de olvidarnos de la otra persona y el riesgo de que la otra persona se olvide de nosotros, mientras la balanza permanece guardada en el cajón de nuestra imaginación.
Cada individuo ostenta un tiempo personal para sanear las heridas, pero si el tiempo necesario para reflexionar y curar es bastante amplio, genera ese tipo de riesgos. ¿Seremos capaces de afrontar ese tipo de peligros?, o ¿Será el miedo el que nos precipite a usar la balanza rápidamente?.




sábado, 13 de agosto de 2011

Sota, caballo y rey.

Un día paseando con un par de conocidos, con los que compartía una simple charla y un buen rato, escuche el comentario de uno de ellos, que decía “todos los gays son peluqueros, bailarines o enfermeros”. Después de decir ese comentario, encima en tono peyorativo, se quedó tan tranquilo que me quedé anonadado y  tuve la necesidad de mirarlo fijamente, como diciendo, ¿Qué coño dices?. Vamos, ¡me quedé atónito!, y pensando, como no, la facilidad que tienen algunas personas para hacer generalizaciones sobre el mundo homosexual, algo que deberíamos comenzar a evitar.
Pues bien, si hacemos caso a ese tipo de comentarios, que muchas personas tristemente comparten, las personas homosexuales únicamente nos dedicamos a ofrecer tres tipos servicios en el mundo laboral: peinar, bailar y curar. La verdad, es que trata de servicios muy importantes, gracias a nosotros la gente lleva buenos peinados, van guapos, ¡hacemos milagros!, se entretienen viéndonos bailar, y encima ¡ayudamos a curar y salvar personas!. Pero no…, además de realizar esas profesiones tan importantes, en mayor o menor medida, los homosexuales nos dedicamos a otras profesiones, y no única y exclusivamente a las profesiones estereotipadas creadas por la maldita sociedad. Nuestro cuerpo y nuestra inteligencia nos permiten abarcar otras profesiones, ¡por muy increíble que parezca!.
Es muy injusto que se nos encasille siempre en la realización de determinadas profesiones, como si solamente pudiéramos abarcar las funciones de determinadas piezas de un ajedrez o de ciertas cartas de una baraja española, por el simple hecho de ser homosexuales, ¡POR FAVOR, EVITEMOS EL ENCASILLAMIENTO PROFESIONAL!. Soy gay, ¿y qué?, ¿ello tiene que implicar necesariamente que tenga que ser peluquero o bailarín? ¿Ello supone que en una baraja española solo pueda desempeñar el papel de una sota o caballo?, ¡Nooo!. Ello no implica que en el ajedrez, en el mundo profesional, yo, como homosexual, solo pueda escoger ser un peón, alfil o castillo, puedo ser rey, caballo, y porque no, si quiero, ¡una reina!, ¿Algún problema?. Posiblemente existan muchos peluqueros, enfermeros y bailarines gays u homosexuales, pero lo sentimos… estamos en más partes de la sociedad, ¡somos una plaga! y ¡estamos invadiendo el mundo laboral!.
Para completar la información de aquellas personas que circunscriben a las personas homosexuales en la realización de determinadas profesiones, de aquellos ineptos e ignorantes que se atreven a discriminarnos profesionalmente, y para intentar completar parte de su corta mentalidad, tengo el deber de informar de la existencia de homosexuales que desempeñan las labores de abogados, médicos, ingenieros, camareros, banqueros, arquitectos, jueces, cámaras de televisión, presentadores, comerciales, deportistas, dentistas, transportistas, administrativos, monitores, diseñadores, escaparatistas, gogos, profesores, maestros, dependientes, políticos, camareros, azafatos, médicos, etc., y así podría continuar hasta mencionar todas las profesiones existentes en el mundo laboral. Y si, aunque les resulte extraño, les ofrecemos nuestros servicios profesionales diariamente, en las tiendas, en asesorías, en los colegios educando a sus hijos, en la Administración, en los bancos, etc. Ustedes han sido atendidos, ayudados y socorridos por personas homosexuales en un gran número de ocasiones, otra cosa bien distinta es que se hayan percatado o no de ello, al ser unos pequeños ignorantes, pero esa es la pura realidad. Y, por regla general, solemos ser personas bastante competentes y eficientes, aunque existen excepciones, ¡algo innegable!.
¡Estoy harto!, dejemos de crear estereotipos, abandonemos la costumbre de realizar generalizaciones con tanta facilidad sobre las personas homosexuales, ¡las generalizaciones son falsas!. Y sobre todo, dejemos de ver a los peluqueros, bailarines y enfermeros como personas homosexuales, también hay personas heterosexuales que desempeñan este tipo de labores. No caigamos en la facilidad de encasillar a las personas de una determinada orientación sexual en el desempeño de ciertas profesiones, porque ello implica menospreciar nuestras actitudes y capacidades para realizar y ocupar todo tipo de labores y puestos profesionales.
Pero si todavía no os he convencido sobre lo dicho y comentado, y continuáis manteniendo ese tipo de comentarios, me vais a permitir realizar una generalización, que no resulta ser tan falsa, en comparación con la generalización que ha originado este comentario: ¡SI QUIERES UN BUEN PROFESIONAL, CONTRATA UN HOMOSEXUAL!.




lunes, 8 de agosto de 2011

¡Mama!, ¡mama!, ¡me han salido cuernos!.


Y llego ese momento, una tarde, ya sea fría o calurosa, en cualquier estación del año, donde un pequeño grupo de buenos amigos se reúnen para tomar un café, un té, o porque no, varias copas con la intención de olvidar días pasados o de propiciar momentos divertidos. Algunos de los amigos traen cara de cansados, otros muestran la templanza normal de cada día, algunos llegan eufóricos por reencontrarse de nuevo con los amigos, y uno de ellos…, uno del grupo, aparece completamente acongojado, al parecer atónito o sorprendido por una noticia inesperada. Y de repente, se hace la pregunta ansiada y esperada para poder contestar: ¿Estas bien?, ¿Te ha pasado algo?.
Si ¡Como no te va a pasar algo! ¡Te han puesto los cuernos!. Tras producirse esa pregunta las respuestas se suceden de diversa forma y con distinta actitud por el afectado, y ello porque esa respuesta depende de las circunstancias en las que se haya desarrollado, como no, el suceder del repentino acontecimiento. Algunos empiezan a llorar desconsoladamente, de tal manera, que ni siquiera pueden abrir la boca para expresarse adecuadamente, viendo como las lágrimas caen gota por gota, mientras los amigos decimos “no pasa nada, tranquilízate, cálmate”. Otros, muestran cara de “ya lo suponía” o simplemente de “ya me lo esperaba”, porque como sabía todo el grupo, el novio o la novia no era de fiar…. Por lo menos la sorpresa no fue tan grande, se le vieron las orejas al lobo con anterioridad. Y por último, están aquellos que tienen cara de haber visto un fantasma, ¡como se lo van a creer!, los pobres no han tenido tiempo suficiente para asimilar la noticia, y normal, cuando ellos mismos decían ¡era imposible, me quería con locura!.
La conclusión es simple, sí, sea como sea, nos han puesto los cuernos. Intentamos ver que los cuernos son pequeños, mirándonos al espejo y limándolos para que no crezcan más, aunque algunos son tan grandes, que por mucho que los escondamos, no van a llegar a desaparecer por mucho tiempo. Algunos cuernos son tan pequeños que sopesamos la opción de perdonar, pero a pesar de esa corta longitud, ¿seriamos capaces de continuar como si no hubiera pasado nada?, ¿O esos pequeños cuernos van a ser un obstáculo siempre en nuestra relación?. Luego nos sentimos estúpidos, mentecatos por haber creído en la palabra de una persona que nos había jurado fidelidad, o simplemente, nos había transmitido su intención de sernos fiel. ¡Qué valor más bonito!, lo que sucede es que algunos conocen la teoría, pero luego los conocimientos teóricos no los ponen en práctica. Posiblemente, se les olvido a los infieles haber realizado el cuaderno de ejercicios prácticos “Como ser fiel a tu pareja”, que seguramente lo estarían usando de cuña debajo de su destartalada mesita de noche, es decir, de su fácil corazón.
¿Por qué a mí?, ¿Qué ha pasado para que me pueda ocurrir esto?. Generalmente nos hacemos estas preguntas, y con frecuencia formulamos diversas respuestas: ya no le gusto físicamente, la rutina ha provocado esta situación, ya no siente nada por mí, la distancia ha podido con nosotros, ya no me soporta, solo se deja llevar por el sexo, quiere buscar nuevas experiencias, ha encontrado a otra persona,  etc. ¿esa tortura es necesaria?, ¿O es más favorable no buscar o indagar en la causa del conflicto?. Algunos necesitamos una respuesta, y así hallar la tranquilidad. El descubrimiento de la verdad nos lleva a un estado de calma, aunque a veces la respuesta puede provocar un mayor estado de dolor. Intentar destapar mentiras supone jugar con una bomba de relojería, ¿Podremos jugar sin morir en el intento?. Para otros esa búsqueda es bastante dolorosa, y optan por no indagar, evitando un constante sufrimiento. Posiblemente el refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” sea bastante certero y la opción más aconsejable. ¿Qué hago?, ¿indago o no indago?, simplemente haz lo que tu necesites, y no lo que los demás te aconsejen. Escucha tus necesidades.
Algunos de los infieles suelen decir ¡yo no quería, ha sido un simple desliz!; otros se escudan en el alcohol, como si fuera una eximente o atenuante de la culpabilidad o infidelidad, ¡había bebido mucho, perdóname!; otros son capaces de guardarte la mentira eternamente; y otros, muy pocos por cierto, te reconocen que querían, eran conscientes y encima que la OTRA persona les gusta. Sea como sea, se han equivocado y a través de sus actos nos han hecho daño. ¿Tan difícil les resulta ser sinceros y respetar a su pareja?, ¿Tan complicado resulta entender la palabra fidelidad?, ¿tan fácil resulta romper una relación sentimental por un simple desliz?, y ¿tan fácil es olvidarse de tu pareja por un momento?.
Bueno, la ornamenta la llevamos encima, pero no es necesario preocuparse, el sufrimiento derivado de los cuernos desaparece cuando nosotros lo deseemos. Al principio el olvido del acontecimiento es muy complicado, pero el tiempo permite que los cuernos vayan desapareciendo, permitiendo que los recordemos como una simple o mera anécdota. Si no os han respetado, ¡allá ellos!, ¡ellos se lo pierden!, no suframos por una persona que no nos ha respetado lo más mínimo, ¡no merece la pena!. Exacto, debemos seguir hacia adelante, ¡por nosotros mismos! y coger una nota para escribir “NO PERDERÉ NUNCA MI ILUSIÓN POR EL AMOR. SERÉ CAPAZ DE AMAR Y CONFIAR”. Ponla en un possit en el frigorífico, ¡Para que no se te olvide!. Siempre se aprende de las malas experiencias.